NIÑA BONITA, HSTORIAS MENTIROSAS DE LAS BANDIDAS DEL PUERTO

Por: Libertad Regalado Espinoza*/ Manta / 16-09-2022

lire2653@gmail.com

«este es un libro amasado con sudores, buscado en los rincones más insospechados de ese Guayaquil putañero, perdido con el nacimiento de nuevos barrios, por el tenaz crecimiento de la urbe; pero en fin un libro disfrutado por la añoranza y nostalgia de esos tiempos de música de rockola»

Con seguridad a muchos de ustedes les habrá pasado, que cuando leen un libro, de forma inmediata surgen en los archivos de sus memorias, otros textos que les remite a historias o a datos relacionados con la misma temática y lugares, pero de otras épocas. Con Niña Bonita, escrita por Wilman Ordóñez Iturralde, me pasó esto, me remitió a las costumbres de la ciudad de Guayaquil, unas bastantes santificadas y otras muy apegadas a la satisfacción de los deseos carnales y del posible origen de estos males, relatadas en la Descripción Histórica Topográfica de la Provincia de Quito de la Compañía de Jesús, escrita por Mario Cicala, fechada en 1771, quien permaneció en estas tierras entre 1743 y 1767, año que tuvieron que salir los jesuitas obligados por decreto del Rey Carlos III.

 

Guayaquil, por su condición de puerto y de ser el único astillero en las costas del Pacífico, abría un abanico de posibilidades para generar negocios de toda índole, entre ellos aquellos que incitan al vicio, uno de ellos, refiere Cicala, la embriaguez venida con los licores de otras tierras;  que según este jesuita en el año 1755 había entrado en las personas nobles, sacerdotes, frailes y hasta en las monjas debido a una bebida denominada en sus inicios Pinci, y después el “señor ponche”; de este se fueron derivando otros vicios, que hacían que perdieran caudales como el juego del truco, las fiestas que tenían una fecha de inicio pero se extendían por semanas; y estaba el baile del fandango o fandanguillo, “un baile confuso de movimientos insolentes (…) vicio de fatalísimas y escandalosas consecuencias que domina y señorea en estos pueblos” y que fueron derivando en otros vicios como el concubinato, adulterio, incesto, raptos, prostitución, etc.

 

Como ustedes pueden observar estos vicios en Guayaquil, según este historiador, tienen larga data. Lo cierto es que buscar culpables de los vicios, es tarea bastante desgastante, por lo que me propuse disfrutar de los relatos amasados entre las décadas del 50 y el 80 del siglo XX; matizados con ese lenguaje de tabernas, de arrabales, de prostíbulos, de muelle; urdidos en ese espacio donde hombres y mujeres pasan horas y días sumergidos entre música rockolera, baile, licor, dolor, desilusión, traición, sexo y muerte; y que, Wilman Ordóñez, hábilmente nos va llevando  a través  de esas historias de bandidos del barrio Cuba, chulos del Cristo del Consuelo y del Cerro del Carmen y de los cabareteros del puerto en su obra Niña Bonita.

 

Nombres de bares, prostíbulos, cantantes, frases de canciones, prostitutas, criminales; lugares de ese Guayaquil putañero, sensual, marítimo y bandido, van entretejiendo la vida de muchos personajes que posiblemente fueron parte de una noticia en uno de los periódicos; de chulos o mujeres que establecieron y regentaron esos centros de tolerancia o que fueron construyendo esas leyendas urbanas tejidas con verdades y fantasía, con aguardiente y sangre, cargadas de la memoria voluptuosa de la noche.

 

Cuántas historias, cuántas vidas se habrán gestado, renacido o truncado en el Bar el King, el Triquimoqui, El Cristal, El Barcelona, Emelec, el Culito, El canchón, el “Verdes palmeras”, el Tírate al agua, el salón de la Guadalupe, el Viejo Julio, la cantina del maricón Alfredo, bar Cortijo, bar del cojo Rigoberto, bar El Arbolito y el No te agüeves de la 18; y en El Corrincho.

 

En estos bares, prostíbulos escondidos, tiraderos agazapados, muchas mujeres terminaron no solo vendiendo el cuerpo sino el alma, ellas fueron añoradas, amadas, deseadas, odiadas, estrujadas, explotadas, asesinadas por sus chulos o por quienes creyeron poseerlas. Nombres como: Lourdes (la mulata), Rita Hayworth (la puta no la actriz), Teresa Posada, la mulata Amada, la vieja Enriqueta (venezolana), Ana, la muñeca pelirroja, Lorenza, Maricela, desfilan por estas páginas entretanto escuchamos salir de la rockola, de ese añorado invento que “suena como alma herida, que parece ser el alter ego de los bailarines, que es una paria, pero a la vez mata los pesares, calma las penas” las voces almibaradas dulzones, lloronas, aguardientosas, roncas de Olimpo Cárdenas el más bacán, del idolatrado Julio Jaramillo, Pepe Jaramillo el inmortal señor del pasillo, Daniel Santos,  Miguel Acebes Mejía el falsete de oro, José Alfredo Jiménez,  Alci Acosta, Tito Rojas, Tito Cortez, Arturo Cavero “el zambito”, Chugo Tovar, Cecilio Alva,  Jenny Peñafiel, Lucho Barrios.

 

Mientras me imagino levantar una copa de aguardiente o servirme una fría biela, los versos de esas canciones se mezclan y danzan sinuosos boleros con las palabras de Wilman, en ese intento de restaurar la memoria popular, repasando “lo corpóreo, erótico, sensual y sensitivo de los chongos de la ciudad, sin dejar de pensar que sería de la ciudad sin esos puteríos”.

 

Sin duda este es un libro amasado con sudores, buscado en los rincones más insospechados de ese Guayaquil putañero, perdido con el nacimiento de nuevos barrios, por el tenaz crecimiento de la urbe; pero en fin un libro disfrutado por la añoranza y nostalgia de esos tiempos de música de rockola, “de cabarés de buena factura y lugares para chulos malditos”, de esa sexualidad primitiva y a la vez florida; y no esa, la de las calles, esos espacios públicos y de putas de closet que actualmente vienen en álbumes, que siguen siendo durante el día “niñas bien”, pero en fin, niñas bonitas como su Guayaquil amado.

Lanzamiento del libro
Evento, 23 de septiembre 2022

* Libertad Regalado, educadora, investigadora y escritora. Residen habitualmente en la ciudad de Manta, provincia de Manabí, República del Ecuador.

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